Tristezas, tristezas que se vuelven gotas de agua, de agua salada, tan salada que hace mal, que hace que los labios se lastimen, que duelan, que les falte color. Tristeza que se vuelve fuego, fuego que se pone en nuestra cara y hace que arda, arda de dolor, al rojo vivo, enfado, enfado que hace que el fuego sea rojo. Mirada apagada que se vuelve nubes, nubes cargadas que preludian lluvia. Lluvia cálida y que duele, duele tanto que el interior la expulsa, la expulsa de la forma en que mejor sabe, como pequeñas gemas redondas de cristal líquido. Como aire, convertido en suspiros... Suspiros que se vuelven respiros, respiros que se hacen agitados, angustia que presiona el corazón, el alma. Que es como una mano, mano fuerte y firme, que se cierra, se cierra rodeando el corazón, y presiona, presiona fuerte, como si fuera un grano, de esos grandes hasta que la angustia, la tristeza, se suelta, se deja caer, se aleja, se va y las nubes se disipan, el sol vuelve a salir... Sonrisas, que son media luna luminosa que se vuelve luz, luz después de la gran tormenta... Ojos que se vuelven arcoíris, arcoíris llenos de colores. Mano que se vuelve caricia, caricia al alma, al corazón, mano reparadora, que arregla lo roto, que sana, suaviza y hace creer que vale la pena seguir... Sonrojo que se vuelve sol, que se vuelve vida y pasa a ser rosado... Lagrimas que dan fortaleza, que se vuelven gotitas de esperanza... Y el punto, es agarrar las piezas, y seguir adelante, usar la fortaleza, para comenzar junto con la esperanza a caminar, a construir un mundo nuevo y a ver lo nuevo para transformar los días en días soleados, felices y hermosos aún con los problemas sobre nosotros.
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